Cultura del Miedo en el Trabajo

Personas, donde todos saben, pero nadie habla. Se instala la cultura del no decir, no preguntar, no saber. El silencio refuerza el miedo, y este, se extiende y se convierte en denominador común. Pasan cosas inadmisibles, pero todo sigue igual, El silencio, se convierte en norma represi-va oficial, se da una auténtica negación social de la realidad. Esta situación, en algunas personas, hace que el silencio se mezcle con ansiedad, impotencia y culpa. En otras con indiferencia, negación o cinis-mo. Del silencio, se transita con rapidez a la des-confianza, la división, la rotura de los lazos de solidaridad, y el aislamiento de las víctimas de la amenaza y su entorno.

Por eso, es tan tristemente habitual, que un trabajador que defiende sus derechos o los de algún compañero vea cómo, el resto de compañe-ros rehúyen su contacto como si de un apestado se tratara. Es muy probable y entendible entonces que la persona amenazada sienta una profunda decepción, frustración, hastío de todo y de todos, de tal manera que desactive su lucha. El silencio de abajo será aprovechado por el discurso de arriba. Desde la empresa y los sindicatos cómpli-ces, se lanzarán discursos y rumores que inoculen más miedo, más grande, desde más arriba: nos llega el gran monstruo, la crisis.

Se pretenderá entonces que el sometimiento grupal sea generalizado y que perdure en el tiem-po, instalando la sensación de fracaso por siempre inevitable, dado que “así son las cosas y así es la gente”. Y para consolidar la confusión sobre la realidad, quedará la duda eterna sobre lo que sucedió: “algo debieron hacer para que les despi-dieran…”.

La sedimentación del miedo y el silencio va creando formas de relación social que se estabili-zan y naturalizan como normales, y así, silenciosa-mente, se van creando en las personas formas de ser y de comportarse basadas en el silencio y en el miedo. No preguntar se puede convertir en la conducta socialmente deseada, en la conducta gratificada, correcta, normal. En caso de que al-guien no siga la norma de silencio, la persona puede ser tildada de problemática, radical, culpa-ble de lo que le pueda suceder.

La dimensión histórica del miedo circula por generaciones, pero apenas se reconoce su exis-tencia. De lo que no se habla, no existe. Al supri-mir el recuerdo, se suprimen posibilidades de aprendizaje, y la experiencia, como un componen-te histórico del ser y el hacer individual y social, desaparece. Ya no son trabajadores, ni clase obre-ra; son “operarios, o técnicos cualificados”, consu-midores con hipoteca y tarjeta de crédito.

Así, los trabajadores con miedo, dóciles y sumisos, son funcionales al sistema de produc-ción. La imposición del mandato de silencio esta-blece formas de relación social que impedirán preguntas y respuestas y, por tanto, la aparición de la verdad de la represión. Se normalizará la coacción del más fuerte, se naturalizará y hasta se pretenderá su legitimidad.

El miedo es una potente y sofisticada herra-mienta de control social, es una perversa forma de gobierno, de conducir las conductas de la gen-te. Y se aplica masivamente para controlar a los trabajadores.

El miedo es una emoción primaria, que da lugar a un proceso natural del cuerpo humano que tra-baja para nuestra propia supervivencia. De man-tenerse en ese estado natural, el miedo no seria mas que una cualidad, una capacidad totalmente positiva…

Pero, a lo largo de la historia, ha sido usado por el poder para conseguir sus fines, el miedo pasa así a ser un instrumento que otorga ventaja en las relaciones de poder. En la actualidad, el miedo se instalado de forma permanente, de manera intensa y extensa: está en el medio, en el aire, y llega a cada rincón de nuestra existencia. El miedo se ha convertido en una experiencia de amenaza vital, convirtiéndose así, en una traba frente a la vida que nos gustaría vivir, frente a la vida que tenemos derecho a vivir.

Estamos inmersos en una crisis global y pro-funda. Desde la hegemonía del poder, se nos dice que para intentar superar estas crisis, la única posibilidad, objetivamente necesaria, es realizar una serie de cambios que impondrán sacrificios a todos.

Ante esta realidad, la incertidumbre se con-vierte en cotidiana, la amenaza se muestra cons-tante, el peligro se hace inminente, y la angustia, se extiende en el ánimo de todos.

… Nos gobiernan a base de miedo, introdu-ciendo en la población un fuerte impacto emocio-nal a través de una situación de continua amena-za, una situación que desoriente; y antes de que pueda darse cualquier reacción, implementar rápidamente una serie de cambios profundos en la estructura económica, social y política.

El miedo tiene un potente peso en nuestro día a día…, miedo a la “crisis”, al “rescate”, al despido, al desempleo, a no encontrar trabajo, a no poder pagar el alquiler o la hipoteca del piso, al desalojo, a la pobreza… Con el cuento de la crisis y a base de miedo, nos han quitado derechos laborales, bajado los salarios, y rebajado las ayudas sociales y pensiones y anulado nuestras libertades.

Los efectos individuales del miedo en el traba-jo puede ser muy intensos. Algunos autores com-paran los efectos del desempleo con los de la represión política, dado que remiten a la persona a vivencias de inseguridad muy profundas. Con la amenaza a la subsistencia material y a los proyec-tos de vida, el miedo puede producir sometimien-to, impotencia, pasividad y resignación ante la explotación. Cuando el miedo aparece, la imagen que la persona tiene de sí misma se deteriora, puede surgir la sensación de humillación, del cuestionamiento de la propia dignidad. El miedo puede deshacer la estructura y los soportes de la identidad personal. Se pueden generar entonces sentimientos de frustración y desvalorización personal intensos, vivencias de inseguridad muy profundas, puede instalar un sentimiento de fra-caso y de derrota personal. La frustración se esta-blece como núcleo central y se va generando la percepción en la persona de que se está perdien-do a sí misma.

Esta situación, llevada al lugar de trabajo, convierte el miedo en un sentimiento que parali-za, que disuade de organizarse, de reclamar cual-quier derecho, y que lleva al conformismo….

Constituye una de las principales herramien-tas cotidianas para someter y conducir la conduc-ta de los trabajadores. A trabajar más por menos, y sin protestar. Este ambiente laboral es un caldo de cultivo para la desconfianza en los demás, para la desconfianza hacia los compañeros. Y en ese contexto, finalmente, donde el individuo pasa a ser el origen del problema, y es él quien debe cambiar y adaptarse, se trata incluso de una cues-tión de libertad y decisión personal: usted aceptó, si usted no quiere, ahí está la puerta de la calle.

El efecto grupal y social del miedo funciona como disuasorio para los que puedan sentirse identificados con las personas reprimidas, ejem-plifica lo que puede suceder, y orienta hacia la paralización y la colaboración con el poder. El miedo lleva al silencio en el grupo. Ante situacio-nes de represión (una suspensión, un despido…), no hablar de lo sucedido se convierte en una ma-nera de evitar el peligro, dado que compartir lo que se sabe o se ha presenciado puede suponer riesgos, riesgo a que te identifiquen con el otro, riesgo de ser acusado de estar al lado de las per-sonas reprimidas y a sufrir las mismas represalias. Esta imposibilidad de compartir produce un im-pacto significativo en las personas, donde todos saben, pero nadie habla. Se instala la cultura del no decir, no preguntar, no saber.

El silencio refuerza el miedo, y este, se extiende y se convierte en denominador común. Pasan cosas inadmisibles, pero todo sigue igual, El silencio, se convierte en norma represi-va oficial, se da una auténtica negación social de la realidad. Esta situación, en algunas personas, hace que el silencio se mezcle con ansiedad, impotencia y culpa. En otras con indiferencia, negación o cinis-mo. Del silencio, se transita con rapidez a la des-confianza, la división, la rotura de los lazos de solidaridad, y el aislamiento de las víctimas de la amenaza y su entorno.

Por eso, es tan tristemente habitual, que un trabajador que defiende sus derechos o los de algún compañero vea cómo, el resto de compañe-ros rehúyen su contacto como si de un apestado se tratara. Es muy probable y entendible entonces que la persona amenazada sienta una profunda decepción, frustración, hastío de todo y de todos, de tal manera que desactive su lucha. El silencio de abajo será aprovechado por el discurso de arriba. Desde la empresa y los sindicatos cómpli-ces, se lanzarán discursos y rumores que inoculen más miedo, más grande, desde más arriba: nos llega el gran monstruo, la crisis.

Se pretenderá entonces que el sometimiento grupal sea generalizado y que perdure en el tiem-po, instalando la sensación de fracaso por siempre inevitable, dado que “así son las cosas y así es la gente”. Y para consolidar la confusión sobre la realidad, quedará la duda eterna sobre lo que sucedió: “algo debieron hacer para que les despi-dieran…”.

La sedimentación del miedo y el silencio va creando formas de relación social que se estabili-zan y naturalizan como normales, y así, silenciosa-mente, se van creando en las personas formas de ser y de comportarse basadas en el silencio y en el miedo. No preguntar se puede convertir en la conducta socialmente deseada, en la conducta gratificada, correcta, normal. En caso de que al-guien no siga la norma de silencio, la persona puede ser tildada de problemática, radical, culpa-ble de lo que le pueda suceder.

La dimensión histórica del miedo circula por generaciones, pero apenas se reconoce su exis-tencia. De lo que no se habla, no existe. Al supri-mir el recuerdo, se suprimen posibilidades de aprendizaje, y la experiencia, como un componen-te histórico del ser y el hacer individual y social, desaparece. Ya no son trabajadores, ni clase obre-ra; son “operarios, o técnicos cualificados”, consu-midores con hipoteca y tarjeta de crédito.

Así, los trabajadores con miedo, dóciles y sumisos, son funcionales al sistema de produc-ción. La imposición del mandato de silencio esta-blece formas de relación social que impedirán preguntas y respuestas y, por tanto, la aparición de la verdad de la represión. Se normalizará la coacción del más fuerte, se naturalizará y hasta se pretenderá su legitimidad.

El miedo es una potente y sofisticada herra-mienta de control social, es una perversa forma de gobierno, de conducir las conductas de la gen-te. Y se aplica masivamente

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